viernes, 16 de enero de 2026

La Llorona

La llorona La llorona es una sirena que se escapó del mar. Es un escalpelo en el oído de los cobardes. La llorona es una Banshee indígena, una fratricida, una sombra con síndrome post parto. Una perra que se come a sus cachorros, ella es Saturno devorando a sus hijos con los dientes de agua del río. Hay quien comenta que la llorona en un principio era malthusiana, no quería tener progenie. Forzada por su marido a la vez impuesto a ella por la tradición de que los padres elegían con quien se casaba uno. Ahogo a los hijos de lo que ella considero forzoso, huyo a los bosques perdiendo la razón, buscando a sus pequeños en una barquichuela de su laguna mental. Se convirtió en una Ciguapa que vagaba por montes oscuros, por callejas empedradas de la colonia, por caminos reales, por urbes hasta nuestros días, ella no respeta casa ni color ni edad. Se le aparece lo mismo al borracho que al sediento, lo mismo al loco que al cuerdo, ella es pluralista. A su diabólica aparición no hay quien huya. Porque a los espíritus malignos no se les huye ni cuando se duerme. Ellos atacan en la noche. Lilith con sus inicuas poluciones, la llorona ansiosa por ganarse el alma de su víctima de turno. Se dice que cuando una persona ve un espectro fantasmagórico se crea un círculo entre el espectador y el ente, en el cual el ser diabólico se alimenta de la esencia del alma de quien la observa. Se supone que el alma está hecha de un material inmaterial (¿?) llamado ectoplasma, es del ectoplasma que se alimenta el ser del diablo. La llorona tiene la particularidad que ulula un grito que despeluca el cuerpo al escucharlo. Unos afirman que grita “Juan de la cruuuuuuuz....” “Juan de la cruuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuzzz….” Otros en cambio manifiestan que el grito es “Aaaaaaay mis Híííííííííííjos” Cualquiera que sea su grito, es la ignición al pánico colectivo de las personas que le oyen pasar por su cantón, su caserío, su aldea, su municipio, su departamento, su país. Ni las personas que viven en las zonas más lejanas de nuestro país se salvan de su terrorífico grito. Yo he tenido la oportunidad de escucharlo dos veces. La primera vez fue cuando era un niño. Estábamos jugando con mis hermanos y mis primos fútbol, una chamusquita en unos terrenos que quedan entrando por barrio Los Cocos de mi ciudad. De súbito se escuchó un desgarrador grito, una mujer que se desgañitaba llamando a sus hijos. Al principio la escuchamos muy cerca, pero el segundo grito daba la impresión de irse alejando. Por nuestra lectura de don Meme Marticorena y su “Tía Juana Leyes” sabíamos que cuando el grito se escucha lejos significa que está cerca, y que cuando se escucha cerca quiere decir que está lejos, con lo cual optamos por correr de prisa hasta que estuvimos lejos de la soledad de esos boscosos terrenos que ahora son miserables pantanos y un trapiche abandonado. La segunda ocasión en que escuche a el esperpento de la llorona fue una noche que salimos a beber unas cervezas Gallo con mis amigos Héctor y Erica. Habíamos decidido pasar la noche en casa de Erica, quien era separada y manejaba su vida como una persona decidida que no está dispuesta a fallar admitiendo una nueva persona en su vida. Me llamaba la atención en ella su actitud religiosa, porque sólo como religiosa se podría catalogar esa inclinación que ella tenía hacia todo lo que era problemático, a lo mejor por eso éramos amigos. El caso es que entrada la juerga nos fuimos a casa de Erica, y en verdad ya no pudimos volvernos a nuestras moradas. Erica alojo a Héctor en un cuarto de la casa y a mí en otro. Yo tenía puestos los audífonos de un reproductor mp3 escuchando la música a todo volumen, cuando de pronto hubo algo que llamo mi atención, apagué los audífonos y pude escuchar el clásico ulular de la llorona llamando a sus hijos, primero cerca, luego lejos. Mis temores aumentaron cuando Héctor me hablo del cuarto contiguo y tartamudeando me pregunto si había escuchado el grito de “Ay mis hijos”. Solamente recordarlo me pone la piel de gallina. Apoyá en Ko-fi

Soy Adramelek, y escribo desde donde la comodidad se termina. Si valorás la palabra libre, podés apoyarla con un café.

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