La llorona
La llorona es una sirena que se escapó del mar. Es un escalpelo en el oído de los
cobardes. La llorona es una Banshee indígena, una fratricida, una sombra con
síndrome post parto. Una perra que se come a sus cachorros, ella es Saturno
devorando a sus hijos con los dientes de agua del río. Hay quien comenta que la
llorona en un principio era malthusiana, no quería tener progenie. Forzada por su
marido a la vez impuesto a ella por la tradición de que los padres elegían con
quien se casaba uno. Ahogo a los hijos de lo que ella considero forzoso, huyo a
los bosques perdiendo la razón, buscando a sus pequeños en una barquichuela
de su laguna mental. Se convirtió en una Ciguapa que vagaba por montes
oscuros, por callejas empedradas de la colonia, por caminos reales, por urbes
hasta nuestros días, ella no respeta casa ni color ni edad. Se le aparece lo mismo
al borracho que al sediento, lo mismo al loco que al cuerdo, ella es pluralista. A su
diabólica aparición no hay quien huya. Porque a los espíritus malignos no se les
huye ni cuando se duerme. Ellos atacan en la noche. Lilith con sus inicuas
poluciones, la llorona ansiosa por ganarse el alma de su víctima de turno.
Se dice que cuando una persona ve un espectro fantasmagórico se crea un
círculo entre el espectador y el ente, en el cual el ser diabólico se alimenta de la
esencia del alma de quien la observa. Se supone que el alma está hecha de un
material inmaterial (¿?) llamado ectoplasma, es del ectoplasma que se alimenta el
ser del diablo. La llorona tiene la particularidad que ulula un grito que despeluca el
cuerpo al escucharlo. Unos afirman que grita “Juan de la cruuuuuuuz....” “Juan
de la cruuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuzzz….”
Otros en cambio manifiestan que el grito es “Aaaaaaay mis Híííííííííííjos”
Cualquiera que sea su grito, es la ignición al pánico colectivo de las personas que
le oyen pasar por su cantón, su caserío, su aldea, su municipio, su departamento,
su país. Ni las personas que viven en las zonas más lejanas de nuestro país se
salvan de su terrorífico grito. Yo he tenido la oportunidad de escucharlo dos
veces. La primera vez fue cuando era un niño. Estábamos jugando con mis
hermanos y mis primos fútbol, una chamusquita en unos terrenos que quedan
entrando por barrio Los Cocos de mi ciudad. De súbito se escuchó un
desgarrador grito, una mujer que se desgañitaba llamando a sus hijos. Al principio
la escuchamos muy cerca, pero el segundo grito daba la impresión de irse
alejando. Por nuestra lectura de don Meme Marticorena y su “Tía Juana Leyes”
sabíamos que cuando el grito se escucha lejos significa que está cerca, y que
cuando se escucha cerca quiere decir que está lejos, con lo cual optamos por
correr de prisa hasta que estuvimos lejos de la soledad de esos boscosos
terrenos que ahora son miserables pantanos y un trapiche abandonado.
La segunda ocasión en que escuche a el esperpento de la llorona fue una noche
que salimos a beber unas cervezas Gallo con mis amigos Héctor y Erica.
Habíamos decidido pasar la noche en casa de Erica, quien era separada y
manejaba su vida como una persona decidida que no está dispuesta a fallar
admitiendo una nueva persona en su vida. Me llamaba la atención en ella su
actitud religiosa, porque sólo como religiosa se podría catalogar esa inclinación
que ella tenía hacia todo lo que era problemático, a lo mejor por eso éramos
amigos. El caso es que entrada la juerga nos fuimos a casa de Erica, y en verdad
ya no pudimos volvernos a nuestras moradas. Erica alojo a Héctor en un cuarto
de la casa y a mí en otro. Yo tenía puestos los audífonos de un reproductor mp3
escuchando la música a todo volumen, cuando de pronto hubo algo que llamo mi
atención, apagué los audífonos y pude escuchar el clásico ulular de la llorona
llamando a sus hijos, primero cerca, luego lejos. Mis temores aumentaron cuando
Héctor me hablo del cuarto contiguo y tartamudeando me pregunto si había
escuchado el grito de “Ay mis hijos”. Solamente recordarlo me pone la piel de
gallina.
Soy Adramelek, y escribo desde donde la comodidad se termina.
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